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Wednesday, October 10, 2012

Fantasma de carne y hueso.


Al Fido, que hace 20 años desapareció de mi vista para siempre, sumergiéndose en la bruma del tiempo y quién sabe dónde embellece y alegra el mundo hoy, con sólo estar ahí...


Me quedé parada en el  borde de la puerta. El baño parecía más grande, los muros y el piso de mosaicos, que siempre fueron de inspiración morisca, ahora eran blancos. Cuando por fin me decidí a entrar me pareció estar en un quirófano, noté que la nueva iluminación aumentaba la sensación de asepsia. Sólo mi cuerpo reflejado en el gran espejo me devolvía algo de imperfección y tibieza. Todo lo demás me parecía de una película de ciencia ficción, la cocina, la entrada a la casa, las cámaras, las alarmas, el cerco y aquél baño. De todas maneras el mayor impacto lo tuve justo al comienzo, cuando llamé al citófono y se abrió el portón automático.  Entonces pude ver con horror como el hormigón revestía los cuatro costados del antejardín. Dónde antes rebosaba la humedad y la vegetación ahora sólo había cemento gris, y un par de astas sosteniendo cámaras. No dije nada, ni un sólo comentario al respecto, bajé la cabeza y caminé junto a la Zulema que salió a recibirme. Estaba notoriamente más vieja, le faltaban algunos dientes, pero sonrió de par en par al verme. Su alegría parecía auténtica. 
Era imposible no lamentar el estado en que estaba la casa, pero al ver a mi madre comprendí que esta era sólo una extensión de sí misma. De su vejez y de su paranoia. Todo el tiempo que estuve sin verla, se precipitó ante mí, de pronto, sin contemplaciones. Me saludó fríamente, aunque pude adivinar la emoción y quizás algo de decepción al verme tan revolcada por la vida. Hablamos poco como siempre, sin demasiadas preguntas, luego ordenó a la Zulema que me llevara a la habitación y me preparara la ducha. 
El que fuera mi cuarto me pareció tan ajeno como el resto de la casa. No quedaba vestigio alguno de mi paso por ella pero el blanqueamiento al que había sido sometida no lograba vencer mi memoria. Recordaba cada afiche pegado en la pared y su ubicación, cada libro, cada objeto, cada canción, cada grito y aquella última tarde. 
Me di una ducha eterna, hasta que el agua casi hirviendo me ablandó la piel con la fuerza del chorro y el vapor hizo sudar los muros repletos de mosaicos. Me disponía a salir cuando, sonriendo como si nada, apareció la cara alegre de la Magda, permiso dijo, antes de descorrer la cortina y meterse temblando completamente desnuda, Quedé paralizada pero traté de disimular sonriendo rígida. Era tan bella, tan sorprendentemente fresca, tan libre, tan voluptuosa que de tanto desearla se me había hecho inalcanzable. Recordé abruptamente a la gitana que una mañana leyó mi suerte y me dijo frunciendo el ceño, ¿Dos personas con el mismo nombre? Tiene mal futuro, paisana.  Saqué la mano de entre las suyas ofuscada al verme sorprendida y le alcancé algo de dinero antes de irme. ¿Qué diría ahora la gitana? Ahora que, sin imaginarlo siquiera, ella estaba ahí, tan desnuda, tan anhelante, tan agitada  y temblorosa como yo, o como diría Cortázar, como una luna en el agua.  Yo tenía una mitad de Rayuela y ella la otra, la partimos en dos una tarde bajo el magnolio y desde entonces comenzamos a vernos cada vez con más frecuencia. Leíamos y leíamos el dichoso libro, como si fuera algún tipo de oráculo, esperando encontrar respuestas. Un día, un capítulo de su mitad; Otro, un capítulo de la mía. 
Las dos Magdas bajo el agua, una alta y delgada, yo. La otra baja y curvilínea, ella. La espuma vestía poco a poco la desnudez, y luego el agua la rompía a jirones como un vestido nupcial. Nos reíamos, nos besábamos, nos tocábamos, nos volvíamos locas. Nos ahogábamos y nos rescatábamos de la asfixia boca a boca, cuerpo a cuerpo en convulsiones de agonía, para renacernos una y otra vez.  Cuando salimos no nos importó mojar la cama, sacudimos nuestras melenas al viento que entraba por la ventana. Las ramas del magnolio refrescaban la tarde, saturando el cuarto de una fragancia espesa, profunda, de pétalos abiertos, de flores carnívoras, hambrientas, mientras la noche caía húmeda y los insectos se apropiaban del jardín y del mundo entero con su vibración secreta, con su mantra nocturno al compás de las estrellas que nos fue durmiendo desnudas, nuestras, sobre la cama. Así nos encontró la Zulema por la mañana. Hace 20 años ya. Luego vinieron los gritos, las penas y un largo éxodo que hoy me trae hasta acá, de vuelta. El Magnolio ya no está, fue derribado como todo lo demás. Por la ventana, el viento arrastra hasta el interior el polvo que cubre la ciudad y el calor del pavimento, mientras me ducho sola en este baño que me parece tan ajeno y las cámaras registran palmo a palmo nuestra soledad.

Thursday, June 11, 2009
























Luna en febrero


A ti, por la inspiración

Aquel verano había decidido no tomar vacaciones. Por las tardes, mientras volvía a casa después de trabajar, podía notar el efecto del éxodo veraniego. La ciudad semivacía se dejaba acariciar por el aire que levantaba el sol al ponerse en el horizonte, el cielo transparente y limpio era cruzado por un silencio nítido. No cabía duda, era febrero.
Mi soledad acostumbrada y voluntaria, que por esos días, me hacía vivir en un vecindario de ancianos apacibles y gatos consentidos, ahora se veía acentuada por la ausencia de familiares y amigos con quienes visitarnos.
Lo disfrutaba, todo me parecía más amable y por tratarse tan sólo de un par de semanas, no había ninguna sombra de dramatismo en aquella soledad.
Me acostaba tarde, esperando que la brisa nocturna disipara el calor. Cocinaba algo, escuchaba música, leía sentado en el balcón, dormía apenas arropado con una sábana, sin sobresaltos. Hasta que comenzó esta serie de eventos que aun no me atrevo a calificar pero, que bien pudo tratarse de un sueño recurrente o de algún tipo de alucinación.
Una noche desperté desorientado en la oscuridad más absoluta, un sonido desconocido para mí hasta ese momento, se manifestaba con gran sutileza desde algún rincón. Intenté volver a dormirme pero, no lo logré. El sonido, a pesar de ser apenas un susurro, un roce, iba poco a poco llenando la oscuridad, acompañado de golpeteos, algo más potentes, que se repetían en series una y otra vez. Si tuviera que describir la imagen que surgió de aquel sonido en mi cabeza, sería una red infinita de microscópicos tamborileros que circulaban por el silencio, unidos por su propio eco, proyectándose y reproduciéndose en un entramado matemáticamente perfecto, vibrando, moviéndose, cobrando vida y envolviéndome como un enjambre de abejas invisibles.
Cuando desperté ya era de día, llegué tarde a trabajar y durante horas no pude sacar aquél sueño de mi cabeza. Por la noche no alteré un ápice mis costumbres cotidianas y al meterme en la cama, me sumergí sin obstáculos en un sueño profundo. Volví a despertar en la oscuridad, agitado esta vez por una especie de estado febril. Sentía mi cuerpo más ligero y la sangre fluía con un brío sobrenatural. Lo que en un comienzo era un silencio absoluto, fue cobrando vida, hasta que de nuevo me vi envuelto en aquel zumbido palpable. Esta vez decidí romper la inercia que mantuve la noche anterior, al levantar la sábana y descubrir mi cuerpo, pude advertir con sorpresa que mi piel se había vuelto traslúcida. Pálida, casi transparente, me permitía ver mi sangre fluyendo a través de ella. Estoy soñando, pensé y sonreí mientras exploraba la superficie de mi cuerpo, del que emanaba un tenue y ceniciento resplandor. La oscuridad ya no era tal, mi habitación se iluminaba en torno a mí a cada paso que daba. Percibía con claridad el origen del sonido de la noche anterior, venía de afuera. Descorrí las cortinas para ver, y ahí estaban: millones de mariposas nocturnas plateaban la noche en su alucinante revoloteo. El roce de las millones de alas, producían el más profundo y delicado susurro posible de imaginar. Sus pequeños cuerpos estrellándose contra la ventana, el tamborileo sobrecogedor. No recuerdo más.
A la mañana siguiente desperté movido por una gran energía, me sentía tan lleno de vida que hasta recuerdo haberme dicho “movería montañas”.
Sin duda, los sueños que estaba teniendo habían logrado conmoverme.
Esperé a la noche lleno de ansiedad, tanta, que temí no poder dormir.
Intenté desentenderme y pretender que nada alteraba el curso de los días. Me senté en el balcón como de costumbre y recordé que aquella noche habría luna llena. Esperé lo que parecieron largas horas mirando al oriente para verla aparecer, recortando con su luz la silueta afilada de Los Andes pero, el sueño me venció, me dormí a la intemperie y sólo desperté sorprendido por el vuelo de una pequeña mariposa a mí al rededor. Aún no hay luna, alcancé a decirme, antes de comprender que soñaba otra vez. Completamente desnudo, mi cuerpo esta vez resplandecía con mayor potencia, a cada movimiento haces plateados de luz se proyectaban en todas direcciones, mi piel era una delicada filigrana de líneas blancas sobre un fondo de manchas color ceniza. No pude dejar de contemplarme extasiado, hasta que una punzada comenzó a horadarme el hombro y me hizo caer de rodillas. Desesperado por la intensidad del dolor, quise despertar sin lograrlo. Avance arrastrándome hasta el único espejo que había en casa. Mi apariencia era fantasmal. Como heridas poco profundas, sobre mi omóplato se dibujaban las oscuras manchas de la luna.
No terminé de comprender aún aquel descubrimiento, cuando una convulsión remeció mi cuerpo, me llené de movimientos vivos, la sangre ya no era sangre, ni los fluidos simples fluidos, si no mares, océanos repletos de criaturas. Podía oír olas, espuma, la sal en su efervescente despliegue por el aire.
Toda la energía que me agitaba fue concentrándose en mi pecho. Mi corazón de pronto era una criatura viva que pugnaba por salir.
En sinuosos movimientos se desprendió de su centro y comenzó a ascender por mi garganta, provocándome severos ahogos. Cuando ya casi no podía respirar, una poderosa arcada fue el último impulso necesario para expulsar aquella criatura que, en un comienzo, por lo encendido de su color anaranjado, pareció una llamarada suspendida ante mi pero, que una vez definidos sus contornos y detalles, resultó ser un pequeño pez. Si, de mi boca había salido un pez. Para moverse por el aire expandía y contraía su cuerpo, en un diástole y sístole que lo llevó hasta el balcón. Lo seguí hipnotizado, el dolor en mi hombro había desaparecido pero, no lo noté.
Al llegar al balcón, la ciudad ya no estaba, o mejor dicho, había sido devorada por un repentino océano que, quieto e inmenso se extendía por doquier.
Como un gigante dormido, el mar emitía un arrullo cristalino y tranquilizador.
En la penumbra plateada por la luz de mi propio cuerpo, pude distinguir las siluetas fantasmales de la ciudad sumergida.
De pronto surgió de las aguas otro pez, el que parecía querer comunicarse a través de piruetas en el aire, saltaba y volvía a sumergirse hasta que el que había salido de mi cuerpo se le unió, juntos desparecieron bajo el agua.
Al día siguiente desperté aún en el balcón. El sol reinaba en la cúspide del cielo. La ciudad recién despierta me llamaba con su estruendo a la realidad. Sabía que ese había sido el último sueño y una especie de nostalgia se fue apoderando de mí. En mi pecho un tenue y dulce dolor se mezclaba con cada bocanada de aire que respiraba.
Decidí levantarme. Alcancé a dar a penas algunos pasos, aun algo torpes por la modorra, antes de fijar mi mirada en el piso. Desde el espejo hasta mis pies se extendía un ondulado rastro de escamas nacaradas, el sol las tocaba con sus largos dedos de luz y poco a poco las iba haciendo desaparecer.

Desde entonces me he vuelto aún más silencioso y retraído, sin embargo, duermo bien y algunas noches, cuando la luna llena reina en lo alto, despierto creyendo oír un rumor de olas rompiendo en algún lugar.