Casi han pasado tres meses desde que murió mi padre y aún no puedo asumirlo, imagino que anda por ahi, con su humanidad tan propia, tan sin igual, y que desde algún lugar aparecerá de pronto para decirme "hola flaco" y para pelear después por nuestras irreconciliables diferencias. Lo extraño, y quisiera poder volver el tiempo hasta aquél microsegundo en que su alma se desprendió, aquél instante preciso en que dejó de tener la forma, la voz, la vida que le hacía inconfundible para decirle lo mucho que lo quiero y que no se vaya aún, que nos queda mucho por pelear y por vivir.
Y no es que le tema la muerte, no es que me niegue a aquella vieja costumbre de la gente de morirse de pronto, es más que eso, es lo sólos que podemos estar, lo injusto que me parece el mundo de pronto, lo violento del sistema que tenemos los chilenos y lo triste que es pensar en los últimos momentos de mi padre, lo sólo que se debe haber sentido para decidir tomar aquél camino sin retorno, romper con todo, tomar el brazo de la muerte como una novia nueva y dejar a la ingrata vida, plantada en el altar.
Respeto su desición pero, me deja muchas preguntas abiertas, como heridas sangrantes, la principal es que hubiese pasado si nos hubiesemos tenido más cerca, si nos hubiesemos querido y perdonado más, y es eso lo tremendo, lo abismante, que a pesar de que tengo las respuestas no puedo hacer nada, sólo intentar no repetir lo mismo con los que quedan, no dejar que la cultura de la soledad y el individualismo nos siga matando, que no se nos meta en los huesos esta manera de no ver, de no ser, de no vivir.