Monday, September 24, 2012


Santiago, 29 de Marzo de 1916




Tal vez estoy muerta. Quizás esa luz que pasa por debajo de la puerta sea la única luz que veré por siempre, quizás nunca salga de aquí y el viento que azota las celosías sea la mano incesante que me castigará por la eternidad con su monotonía. Quizás ya estoy loca y las monjas tengan razón y sólo debo rezar para que Dios exista, quizás el encierro y el olvido arranquen de cuajo este corazón y toda su furia, esa índole maldita que se enciende y encabrita rebelde ante el crepitar de los minutos, de la inagotable letanía del tiempo, que arde y nos arde poco a poco, consumiéndonos, para extinguirnos en un fuego fatuo, en volutas de olvido que se lleva el viento, el mismo viento que azota, que canta, que limpia esta noche sola, esta noche triste, esta noche loca en que me habito de ti y me vuelvo tu casa con vista al mal…

Tengo un reloj en el pecho, un péndulo que oscila, que marca, que arde el tiempo y lo consume.

Estás en Cartagena, caminando una noche más sobre la tierra, redondeándola con tus pasos curvos, haciéndola rotar con tu ímpetu de pequeño Dios encarnado, te oigo respirar desde acá, te oigo pensarme y cabalgar por la llanura y atravesar los cerros, Melipilla, María Pinto,  montado en el viento, el caballo negro, el caballo de viento que elige tu delirio de jinete herido,  que llora y que mancha de penas un cielo que también parece ser negro y sobre el que se escribe un poema extenso sin luna, sin acentos, sin vocales ni consonantes, el poema mudo que sirve de puente entre tú y yo esta noche.

Tengo dos trenzas verdes que crecen por detrás de mis orejas, son como raíces que me sujetan por dentro, para no caerme, para no volarme en un suspiro de muerte, de encierro, de desespero, Vicente, las arrojo Rapunzel por la ventana desde esta torre para fugarme del padre, para salirme del cuento, para fugarme del hijo, para caerme y romperme el cuello y caminar contigo por la plaza Brasil que está a media cuadra. Con mis hijas.

No me rescates, no me tiendas un guante blanco del siglo infame que se fue, no me cubras los charcos con tu capa de oro, yo estoy en fuga perpetua Vicente, primo, Vicente, y vuelo a tu encuentro, endemoniada, suicida, borracha de amor y de mandrágoras, de brujas y escobas surcando el infinito y ni las monjas, ni El Mercurio, ni toda la ridícula aristocracia chilena, Vicente.

Tal vez estoy viva, y todas las puertas del mundo están abiertas



Tu prima

Teresa Wilms Montt

Tuesday, September 11, 2012

Foto 1


La foto es polaroid, de las antiguas,  quizás por eso el exagerado tecnicolor que le da un tono particular. Resaltan el calipso de la polera de mi madre y el rojo  del viejito pascuero. En ella aparte de mi mamá, aparecemos mi papá, mi hermano y yo. Es Diciembre de 1975. Yo tengo dos años y medio, mi hermano un año y medio, mi mamá 23 y mi papá 32. El día que nos tomamos esa foto tiene en mi memoria un olor particular. Mis papás aún estaban juntos y nuestras hermanas aún no nacían, sólo éramos mi hermano menor y yo, el departamento en que vivíamos era pequeño pero acogedor, entre dos sillones de cuerina roja estaba instalado un enorme armatoste de madera, al que en ese tiempo llamábamos tele, y junto a la ventana de nuestro dormitorio estaba la máquina de coser, también de  madera dónde me subían para vestirme.  Yo era fanático de la pantera rosa y aunque en realidad en nuestra tele era la pantera gris, para mí era lo mejor. Si se fijan bien en la foto, ella está justo en mi pecho, ese día yo estrenaba la polera recién comprada. El olor del estampado, de la ropa nueva, de los dulces que llevábamos al picnic donde encontraríamos al viejo pascuero y llevar puesto el cinturón de cuero labrado de mi papá, me hacían sentir feliz.  Era todo un hippie. No recuerdo mucho, ninguna anécdota en particular, sólo que esperábamos a Santa Claus en un parque todo verde rodeado de álamos y que durante años pensé que él había llegado en helicóptero, lo que ahora pienso, es bastante improbable. Siempre supe que era un señor disfrazado y me producía cierta antipatía que me quisieran pasar gato por liebre, pero no dije nada al respecto, recibí de sus manos un camión de madera dónde yo cabía tres veces y me olvidé de todo, daba lo mismo el impostor, nunca más solté el camión pintado de rojo, amarillo y azul brillantes, y el olor de esa pintura se sumó a los otros de ese día, dejando una huella que los años han vuelto imprecisa, inasible y que sólo a veces rozo en la superficie de un aroma que pasa en una fracción de segundo pero que ya nunca alcanzo a atrapar.