Santiago, 29 de Marzo de 1916
Tal vez estoy muerta. Quizás esa
luz que pasa por debajo de la puerta sea la única luz que veré por siempre,
quizás nunca salga de aquí y el viento que azota las celosías sea la mano
incesante que me castigará por la eternidad con su monotonía. Quizás ya estoy
loca y las monjas tengan razón y sólo debo rezar para que Dios exista, quizás
el encierro y el olvido arranquen de cuajo este corazón y toda su furia, esa
índole maldita que se enciende y encabrita rebelde ante el crepitar de los
minutos, de la inagotable letanía del tiempo, que arde y nos arde poco a poco,
consumiéndonos, para extinguirnos en un fuego fatuo, en volutas de olvido que
se lleva el viento, el mismo viento que azota, que canta, que limpia esta noche
sola, esta noche triste, esta noche loca en que me habito de ti y me vuelvo tu
casa con vista al mal…
Tengo un reloj en el pecho, un
péndulo que oscila, que marca, que arde el tiempo y lo consume.
Estás en Cartagena, caminando una
noche más sobre la tierra, redondeándola con tus pasos curvos, haciéndola rotar
con tu ímpetu de pequeño Dios encarnado, te oigo respirar desde acá, te oigo
pensarme y cabalgar por la llanura y atravesar los cerros, Melipilla, María
Pinto, montado en el viento, el caballo
negro, el caballo de viento que elige tu delirio de jinete herido, que llora y que mancha de penas un cielo que
también parece ser negro y sobre el que se escribe un poema extenso sin luna,
sin acentos, sin vocales ni consonantes, el poema mudo que sirve de puente
entre tú y yo esta noche.
Tengo dos trenzas verdes que
crecen por detrás de mis orejas, son como raíces que me sujetan por dentro,
para no caerme, para no volarme en un suspiro de muerte, de encierro, de
desespero, Vicente, las arrojo Rapunzel por la ventana desde esta torre para
fugarme del padre, para salirme del cuento, para fugarme del hijo, para caerme
y romperme el cuello y caminar contigo por la plaza Brasil que está a media
cuadra. Con mis hijas.
No me rescates, no me tiendas un
guante blanco del siglo infame que se fue, no me cubras los charcos con tu capa
de oro, yo estoy en fuga perpetua Vicente, primo, Vicente, y vuelo a tu
encuentro, endemoniada, suicida, borracha de amor y de mandrágoras, de brujas y
escobas surcando el infinito y ni las monjas, ni El Mercurio, ni toda la
ridícula aristocracia chilena, Vicente.
Tal vez estoy viva, y todas las
puertas del mundo están abiertas
Tu prima
Teresa Wilms Montt

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