Fantasma de carne y hueso.
Al Fido, que hace 20 años desapareció de mi vista para siempre, sumergiéndose en la bruma del tiempo y quién sabe dónde embellece y alegra el mundo hoy, con sólo estar ahí...
Era imposible no lamentar el estado en que estaba la casa, pero al ver a mi madre comprendí que esta era sólo una extensión de sí misma. De su vejez y de su paranoia. Todo el tiempo que estuve sin verla, se precipitó ante mí, de pronto, sin contemplaciones. Me saludó fríamente, aunque pude adivinar la emoción y quizás algo de decepción al verme tan revolcada por la vida. Hablamos poco como siempre, sin demasiadas preguntas, luego ordenó a la Zulema que me llevara a la habitación y me preparara la ducha.
El que fuera mi cuarto me pareció tan ajeno como el resto de la casa. No quedaba vestigio alguno de mi paso por ella pero el blanqueamiento al que había sido sometida no lograba vencer mi memoria. Recordaba cada afiche pegado en la pared y su ubicación, cada libro, cada objeto, cada canción, cada grito y aquella última tarde.
Me di una ducha eterna, hasta que el agua casi hirviendo me ablandó la piel con la fuerza del chorro y el vapor hizo sudar los muros repletos de mosaicos. Me disponía a salir cuando, sonriendo como si nada, apareció la cara alegre de la Magda, permiso dijo, antes de descorrer la cortina y meterse temblando completamente desnuda, Quedé paralizada pero traté de disimular sonriendo rígida. Era tan bella, tan sorprendentemente fresca, tan libre, tan voluptuosa que de tanto desearla se me había hecho inalcanzable. Recordé abruptamente a la gitana que una mañana leyó mi suerte y me dijo frunciendo el ceño, ¿Dos personas con el mismo nombre? Tiene mal futuro, paisana. Saqué la mano de entre las suyas ofuscada al verme sorprendida y le alcancé algo de dinero antes de irme. ¿Qué diría ahora la gitana? Ahora que, sin imaginarlo siquiera, ella estaba ahí, tan desnuda, tan anhelante, tan agitada y temblorosa como yo, o como diría Cortázar, como una luna en el agua. Yo tenía una mitad de Rayuela y ella la otra, la partimos en dos una tarde bajo el magnolio y desde entonces comenzamos a vernos cada vez con más frecuencia. Leíamos y leíamos el dichoso libro, como si fuera algún tipo de oráculo, esperando encontrar respuestas. Un día, un capítulo de su mitad; Otro, un capítulo de la mía.
Las dos Magdas bajo el agua, una alta y delgada, yo. La otra baja y curvilínea, ella. La espuma vestía poco a poco la desnudez, y luego el agua la rompía a jirones como un vestido nupcial. Nos reíamos, nos besábamos, nos tocábamos, nos volvíamos locas. Nos ahogábamos y nos rescatábamos de la asfixia boca a boca, cuerpo a cuerpo en convulsiones de agonía, para renacernos una y otra vez. Cuando salimos no nos importó mojar la cama, sacudimos nuestras melenas al viento que entraba por la ventana. Las ramas del magnolio refrescaban la tarde, saturando el cuarto de una fragancia espesa, profunda, de pétalos abiertos, de flores carnívoras, hambrientas, mientras la noche caía húmeda y los insectos se apropiaban del jardín y del mundo entero con su vibración secreta, con su mantra nocturno al compás de las estrellas que nos fue durmiendo desnudas, nuestras, sobre la cama. Así nos encontró la Zulema por la mañana. Hace 20 años ya. Luego vinieron los gritos, las penas y un largo éxodo que hoy me trae hasta acá, de vuelta. El Magnolio ya no está, fue derribado como todo lo demás. Por la ventana, el viento arrastra hasta el interior el polvo que cubre la ciudad y el calor del pavimento, mientras me ducho sola en este baño que me parece tan ajeno y las cámaras registran palmo a palmo nuestra soledad.

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